Agradecer

Hay pocos actos que conecten tanto con lo bueno de la vida como agradecer. Lo más común y en lo que solemos caer a menudo es en la queja, en poner en evidencia aquello que no nos ha resultado como queríamos, en aquello que queremos que cambie, en lo que no nos gusta.

Si logramos ir más allá de eso incómodo o molesto y prestamos atención a lo bueno que puede encontrarse en nuestra situación actual, sea lo que sea, desde lo más básico (como tener cama, comida, abrigo) hasta lo más complejo o inesperado (algo único y especial que nos hizo salir de la rutina HOY), podemos vivir, experienciar, nuestro día a día con otra energía, con otra vibración.

No se trata acá de negar las penas o las rabias: esas hay que vivirlas también. Pero sin desconocer ni desconectarse de lo bueno que tienes hoy. Este fin de semana fui al funeral de alguien muy querida: no se trata de negar esa pena, esa pérdida, ese dolor. Se trata de valorar que en ese funeral pude ver a mi madre, quien vive lejos y vino para esa ocasión. De valorar que estamos vivas, y honrar esa vida. Se trata también de ir integrando todos los colores de nuestro vivir, de nuestras experiencias. Cuando mantenemos un espacio para el agradecimiento, hasta la pena más negra y amarga se sobrelleva de mejor manera. E incluso podemos estar más atentas a cuál es el regalo escondido en eso tan doloroso y oscuro: a veces lo más doloroso es lo que nos permite entender mejor a otros y lo que saca lo mejor de nosotras mismas.

¿Cómo poder cultivar el agradecimiento? Recordando agradecer cada día. Hay rituales que forman parte de distintas tradiciones, como agradecer los alimentos. Si crees en un Ser Superior o en Dios-Diosa, puedes agradecer a lo más grande. Si no eres creyente, puedes agradecer a la vida, a la naturaleza o a tu propio trabajo. Otra forma de agradecer es a través de los diarios de gratitud, de los que existen incluso formatos comerciales especiales para ello, pero con cualquier cuaderno o libreta basta. El registro por escrito tiene el “bonus” de poder consultarlo y recordar belleza y aprendizajes que a veces olvidamos con el paso del tiempo. Hacer el ejercicio de visualizar lo bueno que me ha traído lo más triste, “malo” o doloroso que he vivido. Las personas que conocí gracias a eso, las decisiones que tomé, y la sabiduría que he cultivado a partir de esas vivencias.

Agradecer nos permite endulzar lo amargo, cambiar el foco en los momentos de mucha negatividad y apreciar la sabiduría que se esconde detrás de lo más duro que hemos vivido.

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